Hola de nuevo! Como muchos de ustedes ya saben, en mi largo peregrinar, me desplace del punto “D” al punto “H” el viernes pasado. Mi compañera accidental de viaje era una mujer de edad indefinida en un principio, es decir, cuerpo de 30, ropa de 25, manos de 50 y rostro de 40.
Trataba de conectar los audífonos de su MP4 en un intento por desconectarse con la realidad de un viaje de varias horas y con el cansancio del día a cuestas.
Todo iba bien hasta que de repente comenzó a cantar canciones de despecho tan crueles que ni el chofer las conocía. No cantaba mal, pero solo ella escuchaba la música y olvidando el efecto audífono, gritaba las canciones.
Luego de la segunda canción, le ofrecí amablemente compartir unas galletas que siempre me acompañan en la carretera por cualquier eventualidad y con la esperanza de que la garganta seca la hiciera callar y terminar la tortura.
“¿Quieres galleta?”
“Gracias, es lo mejor que me ha pasado en el día.”
Quede en silencio meditando sobre su respuesta. “Vaya, así habrá sido su día”.
Kilómetros y minutos después, un accidente en la autopista, la tranca, el calor y los comentarios de los pasajeros impacientes por llegar a su destino. La compañera de viaje, inquieta, se levantaba de su asiento, miraba por la ventana y no dejaba de recibir y enviar mensajes de texto vía teléfono celular. Causaba en mi mucha gracia ver que la señora se colocaba los lentes de lectura, enviaba un mensaje, guardaba los lentes y enseguida llegaba la respuesta, que hacia que se colocara los lentes, escribiera y los volviera a guardar.
Por experiencia propia, se que solo los menores de 25 pueden responder los mensajes en menos tiempo del que toma guardar el celular en el bolsillo de la camisa, y aburrido por la demora, pregunté: “¿Sus hijos, preocupados seguramente?” “No, la amiga que voy a visitar. Mis hijos no saben donde estoy”
Fue uno de esos segundos en la vida, en los que o te haces el dormido inmediatamente o sin quererlo te vas a convertir en el terapeuta de alguien que el destino sentó en el asiento contiguo de un autobús.
¡Y pasó! No cerré los ojos con suficiente velocidad y acto seguido, arrellanándose en el incomodo asiento, comenzó su historia.
“Imagínese que yo tengo 32 años de casada, tengo un hijo de 30, otro de 27 y el menor de 24. A los 21 años me fugue con mi marido a quien había conocido dos días antes y sin conocerlo, ni quererlo ni nada me fui, solo por escaparme de mi casa donde mi mama me tenía esclavizada. Bueno, a los dos meses nos casamos porque yo soy muy católica y esas cosas hay que hacerlas bien. ¿No le parece? “
“Claro, claro”.
“Bueno, yo trabajaba en una escuelita cuando lo conocí y cuando nos fuimos el me dijo que dejara el trabajo que el me mantenía, que yo iba a criarle los hijos que tuviéremos y no me faltaría nada. Bueno, al principio fue una maravilla, pero cuando el primer hijo cumplió el añito, mi esposo se fue a trabajar a oriente y bueno, venia cada dos o tres semanas, estaba unos días y después se devolvía a trabajar. Así fue pasando el tiempo y vino el segundo muchacho. Bueno, yo no puedo decir nada malo de ese señor, ¡a nosotros no nos faltaba nada! ¡Que si la lavadora, que si la nevera, que si el betamazz, todo, todo, todo!”
“Claro, claro”.
“Bueno, pero como yo no soy floja, me puse a hacer empanadas pa’ vendé, porque aunque el me daba todo, yo quería hacer algo y ganarme mi platica, tu sabes, pa no pedirle plata para los modess, ni para la pintura de uñas, tu sabes, vainas de mujeres. Y chupulún, me montó la otra barriga. ¡Y yo feliz muchacho! Porque como te digo, no me faltaba nada.”
“Claro, claro”.
“Bueno, pasaron 20 años en ese plan. Yo dedicada a criar a esos muchachos y mira que ya dos están graduados y al tercero le falta poquito. Yo con lo que quedaba del diario y lo de las empanadas había ahorrado y compre la casita donde vivimos. Esa es mía, ¿verdad?”
“Claro, claro”.
“Bueno yo me dedique en cuerpo y alma a criar esos muchachos como le dije, ya son unos hombres, pero hace cuatro años llego mi esposo para quedarse. Que bueno ¿verdad? Por fin íbamos a estar juntos. Yo estaba acostumbrada a manejar mi casa, mantenerla ordenadita, a manejar mi presupuesto, y llegó este señor a meterse en las cosas de la casa, a criticar todo, que el hacia el mercado, que el cocinaba mejor, y lo peor de todo, a encompincharse con mis muchachos y a ponerlos en contra mía. Eso no se hace ¿verdad?”
“Claro, claro”.
“Bueno, poco a poco, me fue quitando el control de la casa. Primero con lo de las compras, después que no hiciera mas empanadas, después dejó de darme dinero, porque bueno, ya el estaba ahí y el resolvía. Al principio no me molestaba porque de verdad el estaba ahí y es el hombre de la casa, pero después empecé a sentirme incomoda porque le tenia que pedir dinero hasta para tomarme un fresco. Y después que una ha tenido su plata eso es muy desagradable ¿verdad?”
“Claro, claro”.
“Bueno, un día hace un año, llegó y dijo que el ya estaba viejo y que de ahí en adelante el hijo mayor se iba a hacer cargo de la casa y de todo. Yo caí como Condorito. ¡Eso era lo que me faltaba! Como el empoderó al mayor, los menores se pusieron rebeldes y no le hacen caso a nadie. Imagínate que ni recogen la mesa después de comer, ni tienden su cama ni siquiera recogen la ropa sucia del piso, y yo atrás como la propia cachifa limpiando, recogiendo y pidiendo plata para mis cosas. ¡No vale! Yo me dedique en cuerpo y alma a criar esos muchachos para que ahora se vuelvan en mi contra. Tengo o no tengo razón de estar molesta ¿ah?”
“Claro, claro”.
“Bueno, entonces yo dejé de hacer los oficios de la casa, ni lavaba, ni planchaba, ni recogía nada, y si estaba sola cocinaba para mi y si no iba a comer casa de una comadre. No es justo que una se sienta incomoda en su casa. Bueno, ayer, le pedí a mi hijo que me diera para comprarme una cosa que necesitaba, y el muy…. ¡Me dijo que no! ¡Que me lo ganara! Yo no le dije nada, me fui al patio, agarré un palo y calladita entré y se lo quebré en la espalda, me metí en mi cuarto y lloré, y lloré hasta esta mañana, cuando decidí que me iba a escapar sin decirle a ninguno para donde me iba. Hice bien ¿verdad?”
“Claro, claro”.
“Bueno, yo le juro por lo mas sagrado que no es porque tenga un macho ni nada, pero no voy a volver por lo menos en dos meses para que aprendan a valorarme, pero de verdad no se si vuelva. Es muy incomodo ser una extraña en la propia casa de una. ¡Ay, ya llegamos! Bueno, espero no haberle molestado con mis cosas. Ojala mi amiga me esté esperando. Ojala nos encontremos de nuevo en otro viaje. ¿Verdad?”
“Claro, claro”.
Acto seguido se bajo del autobus, y se perdió en la multitud, mientras yo quedaba pensando en cuantas personas tendran historias semejantes pero no toman ninguna decisión. No se puede criticar ¿Verdad?