Eran aproximadamente las siete de la noche de un día cualquiera, el adolescente, uno cualquiera cuyo nombre fue sustituido por Ñu, debido a esas modas extrañas de cambiarse el nombre que tienen los grafiteros, patineteros y raperos. El sol comenzaba a ocultarse en el oeste de la ciudad, pero en el este, aun iluminaba lo suficiente como para que la pared beige resaltara como un gran lienzo en los ojos de Ñu. El grupo de amigos que lo acompañaba, le advirtieron de la presencia de personal de seguridad y Guardias Nacionales, lo cual para él, añadía méritos a la faena por acometer.
Sin dar tiempo a la duda, descolgó el morral del hombro, extrajo la lata de pintura en spray y con agiles trazos realizó el borde del grafiti en menos de un minuto. Por su mente de 16 años, pasó la idea de volver en la noche, cuando menos ojos lo vieran y añadir el color a lo pintado.
No había terminado de voltear a ver a sus amigos, cuando sintió la garra aprisionadora de un Guardia Nacional que lo inmovilizaba contra la pared recién adornada o vandalizada, según el punto de vista del observador.
No es necesario decir que los tres amigos que lo acompañaban corrieron a la máxima velocidad que les permitían sus piernas hasta sentirse a salvo de los vigilantes.
Ñu, fue llevado al interior del edificio, que resulto ser una dependencia del gobierno, donde fue despojado de sus pertenencias y de su teléfono celular, le donaron cuatro coscorrones y comenzó la tortura sicológica. “Ay carajito” le decía el Guardia que lo había apresado, “esta noche vas a dejar de ser un hombrecito, porque en lo que te lleven para La Planta seguro alguno de los presos se enamora de ti, y después que te de el primero, te van a dar todos”. Ñu, consciente de que es menor de edad, y confiado en lo que le han enseñado en el liceo, acerca de las Leyes y el Estado de Derecho, se reía entre inocente y nervioso.
Un escalofrió le recorrió el cuerpo, cuando llego un militar que aparentemente era superior en rango a los otros y agarro el celular de Ñu, reviso los contactos, le pregunto donde vivía y dijo “Desaparézcanlo” mientras dejaba caer el teléfono y lo destrozaba con la bota contra el piso de cemento.
De inmediato un guardia le coloco las esposas a Ñu con los brazos atrás del cuerpo, y lo hizo subir a la parte de atrás de un vehículo rustico al cual le habían quitado el asiento trasero.
A las dos horas, uno de los amigos de Ñu, se acerco a la entrada del edificio y preguntó que pasaba con su amigo, que cual iba a ser su destino, para avisar a la familia. Dos horas estuvieron diciéndole que en ese sitio no estaba ningún muchacho, que ellos no habían detenido a nadie, hasta que uno de los amigos saco su celular y mostró el video que había tomado de Ñu rayando la pared y el momento en el cual el guardia lo apresó.
De mas está decir que intentaron quitarle el teléfono al amigo, lo cual fue impedido por un oportuno tropezón que dio uno de los muchachos al guardia, que le hizo trastabillar, mientras el “camarógrafo” escapaba del sitio por segunda vez.
El reloj de la estación del metro, casi invisible por el hollín acumulado y la falta de limpieza marcaba la una y veinte cuando le soltaron las esposas a Ñu. Sus ojos rojos e inflamados acusaban el llanto silencioso de quien no sabe si esta viviendo realmente sus últimos minutos, cuando su vida depende de un orden emanado de un imbécil investido de autoridad. Sus manos ya se encontraban hinchadas y sus hombros adoloridos por la posición en la cual lo habían mantenido más de seis horas.
Los amigos de Ñu sabían que a esa hora no podían ir a la casa del detenido porque la zona era muy peligrosa para los forasteros y además, no sabían el sitio exacto donde vivía. Por otra parte, la mama de Ñu estaba muy angustiada porque su niño no había regresado y generalmente a esa hora ya estaba en la casa. Y de paso, el único número telefónico que tenia de un amigo de Ñu era de uno que tenía tres días en su casa con dengue. Y Ñu no respondía a las llamadas.
A golpe de tres de la mañana, uno de los guardias dijo: “En cuanto pinte la pared como estaba originalmente, lo dejamos ir”. La solidaridad de los amigos fue inmediata:”Ok danos la pintura y la brocha y en diez minuto esta listo”. “Jajajaja se escucho la carcajada burlona del guardia, vayan a EPA a ver si está abierto para que compren la pintura, y no se equivoquen de color o van a tener que pintar todo el muro”.
En Caracas, ya no se escuchan los gallos al amanecer, pero si, los escapes de los autobuses y camiones que a esa hora comienzan a surtir los negocios y a transportar a los ciudadanos que se dirigen a sus trabajos. Volviendo al tema, en algún lugar del país, un gallo cantaba su oda al amanecer, cuando uno de los guardias se acerco a los muchachos que en vigilia cuidaban a su amigo caído en desgracia, y les dijo. “Consíganme doscientos bolívares para que les traigan la pintura y la brocha”
Los muchachos hurgaron sus bolsillos, pero no llegaban a treinta bolívares y de nuevo la voz del guardia se escucho lapidaria:”Consigan la plata antes del cambio de guardia, porque si llega el relevo si se lo van a llevar”.
La mama de Ñu, apenas pudo, bajó del cerro donde vivían y se acerco a la plaza donde sabia que su hijo iba todas las tardes, con la esperanza de que alguien le pudiera dar razón del paradero de su hijo.
Quiso la suerte que al salir de la estación del metro, se cruzo con uno de los amigos, que iba a su casa a ver si podía conseguir la plata del rescate y volver a liberar a su amigo. Rápidamente le conto a la señora lo sucedido y se dirigió con ella a donde estaba su hijo.
Palabras más, palabras menos, este fue el dialogo que se suscitó:
“¡Buenos días señora! En que puedo ayudarla?”
“Yo soy la mama de Ñu, el muchacho que ustedes tienen aquí. ¿Me puede decir que es lo que pasa? ¿Que fue lo que hizo mi hijo?”
“¡Caramba! ¿y usted tan jovencita y buenamoza tiene un hijo tan grande ya?”
“Mire señor eso realmente no es asunto suyo si soy joven o si tengo uno o diez hijos. Hágame el favor y me entrega a mi hijo. ¡Y espero que este sano!”
“Bueno, eso no es así tan sencillo ¿sabe? Su hijo cometió un delito. ¿Por qué no me acompaña y nos tomamos un café para explicarle?”
“Mire guardia, yo no vine de visita social, yo tomo café con mis amistades y a usted no lo conozco ni quiero conocerlo.”
“Primero, no es guardia, es Sargento Pérez, y segundo yo le sugiero que no desprecie mi amabilidad, porque al fin y al cabo, su muchacho siempre anda por estos lados y uno nunca sabe…”
En eso, uno de los muchachos, el más grandecito terció en la conversación diciendo:
“No le haga caso señora Trina, que este sucio lo que quiere es plata. ¿Usted tiene doscientos bolívares ahí?”
“No mijo! ¿De donde voy a tener doscientos bolívares a esta hora? ¡De casualidad tenia para el metro!”
“Se fija”, dijo el guardia, “le conviene tener una conversación a solas conmigo para que consigamos una manera de resolver el problema.”
En eso, uno de los muchachos grito: “¡Ahí viene Toco!”
Toco había ido a primera hora a su casa a buscar plata y luego del regaño y calmar a su mama asegurándole que el no había hecho nada, que solo estaba con el grupo, la mama le dio del dinero de pagar el alquiler, los doscientos bolívares para el pago de la extorsión.
“¡Aquí están tus reales abusadorcito!” Dijo Toco al guardia, sintiéndose apoyado por la presencia de la mama de Ñu.
El guardia sonreía socarronamente mientras contaba los cuatro billeticos de cincuenta y gritaba a uno de sus subordinados:
“¡Epa Torres, suelta a la carajita esa que vino su mami a buscarlo!”
En el ticket del metro de la señora Trina, la maquina imprimía la hora 8:00 am, cuando los obreros que estaban remodelando el edificio donde ocurrió la historia, sin conocer el drama de la noche anterior, dieron la segunda mano de pintura a la pared donde un adolescente expresó su vena artística y permitió demostrar como en una noche, se puede violar derechos humanos, privar ilegítimamente de libertad a un ciudadano, violar las leyes de protección al menor, extorsionar, atentar contra la dignidad y el decoro de una madre angustiada y todo eso amparados bajo un uniforme y una institución del estado que debería ser la garantía de la seguridad y confianza de un pueblo.