sábado, 5 de septiembre de 2015

Esta historia la escribí en enero del 2011, pero por esas cosas de la tecnología, estaba perdida entre discos duros y pendrives. Esta inspirada en la lamentable muerte de un joven que se quedó en una camioneta roja esperando a un amigo y de repente llego el dueño de otra camioneta roja que estaba estacionada justo al lado, y que pensando le estaban robando el vehiculo, disparo contra el inocente estudiante.

LA CERTEZA INCIERTA

I

Eran las nueve y tantas de la noche de un día cualquiera, cuando Alfredo, nuestro primer personaje, se vestía luego de bañarse en el gimnasio donde cada dos noches ejercitaba su cuerpo buscando la maestría en el arte marcial que practicaba.

“Al salir de aquí, voy a comprar una hamburguesa “con todo” de las que preparan en el carrito de la esquina, porque el hambre me tiene loco” pensaba mientras terminaba de cerrar el bolso donde siempre llevaba sus aperos deportivos.

 Luego de despedirse de los compañeros, encendió su camioneta amarilla y marrón y se dirigió al puesto de perros calientes y hamburguesas del cual era devoto para su indulgencia alimenticia de los viernes.

Luís, el perrero ya lo conocía y sin dudar un segundo comenzó a preparar la apetitosa, y calórica hamburguesa, que habían apodado “La Tolva” por todo lo que llevaba. Cuatro minutos exactos llevaba la preparación del manjar, y mientras esperaba, el apetito crecía en proporción geométrica, gracias al aroma que desprendía la grasa evaporándose en la plancha caliente.

En eso estaba, cuando el repique del celular le sacó de su concentración…

“Alo! Hola mi amor, como estas”.
“Si, estoy comprando una hamburguesa para cenar, ya que tu estas cenando en la casa de tu mamá… “
“¿Ah, ya estas en la casa? Entonces me la llevo. ¡Ya voy para allá!”

Alfredo a pesar del apetito que lo castigaba, prefería aguantar un poco y comer acompañado de su esposa.

“¡Epa Luis! Por favor prepáramela para llevar y también me das un refresco de cola”. Alfredo canceló lo adeudado y encendió de nuevo su camioneta dirigiéndose a su casa.

Por esas cosas de la vida, a las tres cuadras, en la intersección de dos avenidas importantes, un carro maniobró indebidamente haciendo que Alfredo y su vehiculo colisionaran contra él.

Realmente el daño a los vehículos no fue gran cosa, pero como sucede en estos casos, ambos conductores se bajaron de los respectivos carruajes, con la sangre hirviendo, culpándose mutuamente por el choque. Los curiosos comenzaron a arremolinarse en torno a los vehículos y cada uno como juez de transito, daba su opinión.

“La culpa es de la camioneta que no frenó” exclamo el primero,” ¡no vale!, es del carrito que se comió la luz”, “Es que el piso esta mojado” terció otro.

Y seguía acercándose la gente mientras los improperios entre los conductores iban “in crescendo” en tono, volumen y color.

De repente Alfredo, acostumbrado por tantos años de entrenamiento en artes marciales a estar atento a todo sin necesidad de estar viendo nada especifico, percibió algo inusual en uno entre la multitud justo al lado de la camioneta…

Sigilosamente Alfredo se acerco al hombre que a toda carrera comía una hamburguesa con un refresco de cola y sin mediar palabra, le tumbó la hamburguesa de las manos insultándolo por estar comiéndose su cena. “¡Ladrón, mal nacido, pídeme la hamburguesa y yo te la doy, o te doy para que te compres una!” y arrancó la pelea…

Alfredo definitivamente llevaba la ventaja técnica, pero el otro, al notar su inferioridad, sacó un cuchillo quien sabe de donde y al tercer intento logró cortarlo superficialmente en la piel del abdomen.

Afortunadamente para ambos, en ese momento llegó la policía separando a los gladiadores. Después de tratar de aclarar la situación, los agentes de la policía se llevaron detenido al hombre del cuchillo y a Alfredo lo mandaron para su casa, ya que en el fragor de la batalla, el conductor del carrito había aprovechado para darse a la fuga.

Abochornado por lo sucedido, y con una herida pequeña, pero sangrante llegó a su casa pensando en como le explicaría a su esposa que se había dejado llevar por la ira al ver al hombre comerse la hamburguesa, a pesar de sus consejos permanentes de tomar las cosas con calma, que nada es mas importante que la vida, etc.


Con calma, cerró su puerta de la camioneta, dio la vuelta para sacar el maletín que estaba en el asiento del pasajero, y al abrirla, cayeron intactos al suelo en una bolsa de papel marrón, la hamburguesa y el refresco de cola, que con el impacto habían rodado entre la puerta y el asiento.

GUGONPI