La emoción que me embargaba era tanta que mi corazón latía como alas de colibrí en vuelo y mis pequeños ojos luchaban por no salir de sus orbitas. Mis manos temblorosas finalmente tomaron la cartulina en la cual estrenaría mi primera caja de tempera. Una cajita larga con seis círculos de colores representativos de un contenido hasta ese momento misterioso.
Luego de una serie de advertencias acerca de no ensuciar, cuidado con la ropa, y la utilización del pincel, recibimos instrucciones de abrir la caja y dibujar una persona.
Inmediatamente, el ambiente se lleno de gritos de alegría, conversaciones importantes acerca del proyecto a elaborar y sobre todo, del olor inconfundible, entre acre y dulzón de ese medio aun desconocido por mi, la tempera o “goache”.
Mi primer impulso fue hacer muchas rayas, una de cada color para ver y comparar cada uno de ellos, pero nos habían advertido que solo podríamos utilizar una cartulina por alumno.
Atrás quedaban los días de los creyones de cera, los “prismacolor” y la plastilina en hojas de papel tamaño carta, los grandes artistas trabajaban en pliegos completos.
Decidí que te pintaría a ti.
Comencé por el cabello, negro, largo hasta la mitad de la espalda algunos trazos largos y luego muchos en líneas quebradas daban forma al espacio que sería tu rostro.
En ese espacio, pinte tus ojos, dos óvalos dentro de los cuales dibuje dos ruedas de bicicleta, pues sabia que siempre mirabas cuando pasaban los ciclistas, pero la maestra me dijo que para la próxima ocasión, cuando tuviera que representar el iris de los ojos, pintara dos círculos concéntricos con el centro negro.
Pinte tu boca con una curva roja, larga, como tu sonrisa cuando jugabas en el parque, y luego de dejar el espacio para los brazos, pasé a dar forma a tu cuerpo, un rectángulo donde pinte dos círculos rosados, tus senos que aun no existían, pero los dibuje grandes, rellenos, tiernos como los de mi madre, y entonces se me ocurrió pintar unos labios en uno de ellos, pues en ese momento pensaba que solo servían para amamantar. La maestra, que en ese momento pasaba a mi lado, comenzó a decirme en voz baja que era un grosero, que por qué pintaba una boca en el seno, que donde había visto yo eso y que tendría que hablar con mi madre para que me corrigiera o cuando creciera sería un pervertido. Yo ni sabía lo que era un pervertido, ni que ella estaba haciendo una critica desde su moral, por lo que continué pintando sin preocuparme por lo ocurrido.
Acto seguido, y ya alejada la maestra, me concentré en tu vientre o barriga como se llamaba entonces, y sin prisa, para buscar la perfección, dibuje cinco círculos uno dentro de otro en rojo y blanco y de nuevo la voz inquisidora preguntando si iba a practicar tiro al blanco, definitivamente la maestra no entendía que lo que hacia era dar volumen al espacio donde crecería un nuevo ser.
Dibuje el brazo derecho, cilindro terminado en finos dedos largos como los tuyos cuando te despides en la puerta de tu casa y el brazo izquierdo con el que escribes y con el que me tomabas para cruzar la calle, y para representar eso, en tu mano dibuje tus dedos y los míos, lo que causo una carcajada burlona por parte de la maestra al tiempo que decía: ¡Ya sé!, ¡Estás pintando un marciano! Eso realmente me molestó. Yo jamás hubiera pintado un marciano así. ¡Todos los niños sabíamos que los marcianos no tienen diez dedos, solo tienen tres! esa maestra definitivamente no sabia nada de nada.
Muy molesto, concluí mi dibujo plasmando en la cartulina tus piernas largas de rodillas grandes y zapatos negros.
Todos los trabajos fueron expuestos para los representantes. A mis familiares le pareció “bellísimo”, otras personas opinaban que era algo extraño, la maestra le decía a mi mama, que mejor me llevaran a un psicólogo y tan solo un viejito me preguntó el nombre de la amiga a quien había pintado. También me dijo que no me preocupara, que en España, había un pintor muy famoso que la gente criticaba mucho, pero que pocos entendían sus cuadros.
Muchos años han pasado desde esa primera experiencia, en ese tiempo, analicé la obra de muchos artistas, conocí la obra de Picaso y de inmediato entendí que su etapa cubista era la representación de sus ideas primigenias, que Dalí solo representaba su sensación del calor del sur de España en verano, que parece derretir hasta el cemento, que Miró plasmaba la alegría de la gente en las plazas, y que la luz de Reverón era la cortina con la cual su genialidad lo separaba de los que no lo entendían y marginaban.
La vida profesional me llevó a ocuparme de cosas “serias e importantes” y deje la pintura por muchos años; luego me convertí en docente y tuve la oportunidad de trabajar con alumnos muy creativos, de esos que sí podían ver el elefante dentro de la boa en el dibujo del Principito.
De vez en cuando trato de pintar algo, pero ya no puedo representar las cosas como antes. Ahora todo es más realista aunque sea menos real, y jamás olvidaré la emoción que me produce destapar un potecito de tempera con su característico olor acre y dulce a la vez.
De ti, como no te vi nunca más, solo recuerdo aquel cuadro que pinté ese día.
Muy bueno Gustavo, tu cuento de hoy me llevo al kinder y me recordo los pantalones cortos.
ResponderEliminarSaludos y exitos..
Luis Cruz
Gustavo, cada vez que leo tus escritos, te identifico conmigo. Tienes ese "je nes se pas" que me refleja en el espejo. Al leer tu cuento, sonreí varias veces (digo, sonreí; porque si me ven riendo podrían pensar que estoy loca por aquello de "reirme sola". No saben que quien se ríe solo, de su picardía se acuerda . Lo cierto es que cuando te leo, veo lo que describes y eso significa que tu narrativa es EXCELENTE. La verdad es que, a pesar de que estudiamos en el mismo cole, ni siquiera sé que profesión ejerces, lo que Sí puedo asegurarte es que eres un intelectual completo.
ResponderEliminarPD: Yo también dibujo y pinto y me recreé pensando en esos colores y técnicas que utilizaste. Felicitaciones, Soraya
Fe de erratas del comentario anterior:
ResponderEliminar"Je ne sais pas ce que" (yo no sé qué)