lunes, 12 de diciembre de 2011

AMANECER DE UN DIA CUALQUIERA

Hoy desperté pensando en una gota de rocío que hacía equilibrio para no caer del borde del pétalo de una rosa, y mi mente intranquila comenzó a pensar que esa gota al ser acariciada por los tibios rayos del sol se evaporaría y subiría al espacio donde se condensaría, se mezclaría con otras gotas que también hicieron equilibrio en el pétalo de alguna rosa y caería en forma de lluvia a la tierra donde con mucha suerte su caída seria detenida por tu cuerpo suave, donde con seguridad bajaría deslizándose por tu cara, besaría tus labios, jugaría traviesa por tu cuello y rodaría libre por tu escote donde el calor de tu sensualidad haría que se evaporara de nuevo para comenzar otra vez el ciclo.

Luego, ya despierto del todo, tomo una ducha con agua tibia mientras pienso en la cantidad de cosas que debo hacer, las que puedo hacer y las que al final no haré. La espuma del jabón descompone la luz y me brinda un espectáculo de colores parecido a una procesión de carros en la autopista, unos grandes, otros medianos, otros aun más pequeños sin faltar las que se atascan y hacen que las que le siguen tengan que desviarse para poder continuar su camino.

El espejo empañado refleja mi verdadera imagen y como no me gusta lo que veo, le paso la toalla para que se muestre la realidad que todos ven, las maravillas del tiempo, una cana mas, dos cabellos menos, sin haber cambiado las medidas de mi rostro, cada vez mi cabello está más alejado de mis cejas, que se encuentran separadas por un surco cada vez más profundo, tanto que no permite que me salgan arrugas.

Rasurarme, siguiendo el ritual aprendido, bastante espuma para que ablande los cañones del fin de semana, y ayude a la hojilla a deslizarse como podadora primero desde la nuez o manzana o la fruta que quieran de mi cuello, ¡porque de Adán no es!, hasta la punta de la barbilla, luego con inclinación lateral de la cabeza, y sujetando la piel del cuello, se abren tres carreteras atravesando las montañas de espuma, con el característico crujido de la hojilla decapitando el nacimiento de la barba que nunca dejo crecer. Continúo la faena haciendo muecas cada día mas complejas para poder cortar a los insurgentes en mis mejillas hasta que al estar conforme sonrío a la persona del espejo, rápidamente lavo de mi cara los poquitos de espuma que aún quedan adheridos a la piel, así como la sonrisa que acabo de brindar al vecino del espejo.

Deambulo en ropa interior por el cuarto mientras enciendo el televisor para ver las mismas noticias de ayer, solo que con fecha diferente, las comento con quien esté a mi lado, y le añado el resumen de los comentarios que desde ayer me están llegando por el Twitter. Cambio el canal, y veo alternativamente a los tarotistas que nunca coinciden en su vaticinio, menos en el color que debo usar y mucho menos aún en el número de la suerte.

La ropa cuelga en el closet con la esperanza de ser escogida, los pantalones por una parte, las camisas por otra y ya que los oráculos no coinciden, me pongo lo primero que agarre, sin ser infiel a la guardacamisa blanca que como chaleco antibalas escondido me protege del calor extremo y de las malas influencias.

El café con leche humeante me espera en el mesón de la cocina, uno de los pocos lujos de pequeño burgués que la revolución no ha podido quitarme, aun cuando hacen lo posible porque la leche desaparezca. La arepa, herencia indígena blasfemada por la diversidad de rellenos con la que es penetrada, transfiere su calor al níveo queso que a su vez se entrega al fundirse en ese sensual abrazo, mientras la mantequilla, sale despavorida hacia el plato.

De nuevo al baño, la fuerte acción del jabón, divorcia la mantequilla de mis manos y labios y luego el cepillo hace lo propio con lo que hubiera quedado entre los dientes. Una nueva mirada al fisgón del espejo, un retoque al cabello y a la estación de perfumado. Tres veces se hunde el atomizador esparciendo el perfume en la mano izquierda, luego, siguiendo un ensalme ancestral, que compartiré hoy con ustedes, se unen las manos, acto seguido se cruzan los brazos y se perfuma el cuello diciendo: “por si un beso”, luego se pasan las manos por el pecho mientras con fe se invoca: “por si un abrazo”, y de ultimo, pero más importante, se frota la parte frontal superior del pantalón a una distancia aproximada de una cuarta del ombligo, y con muchísima devoción se implora: “Por si acaso”.

Con paso firme y decidido, me dirijo a la puerta de la sala, abro la reja, me encomiendo a Dios Todopoderoso y salgo a enfrentar el mundo.

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