miércoles, 9 de diciembre de 2009

Navidad en Caracas

Buenos días viejo, ¿donde vas tan temprano?

Saludó la señora, asombrada porque ya su esposo estaba casi vestido.

Tengo que salir a buscar unos regalos que me faltaron, acuérdate que hoy no le puedo quedar mal a nadie, contestó el viejo, mientras terminaba de ajustar el cinturón a su abultada barriga.

Esta bien, pero no llegues muy tarde. No olvides que el día será muy agotador. ¡Tómate tus pastillas antes de salir!

Apenas escuchó esta última frase pues ya estaba cerrando la puerta de la casa.

El viejo se dirigió sin demora al centro, cerca de la Av. Fuerzas Armadas, donde sabía que conseguiría lo que buscaba a un buen precio, y como compraría en gran cantidad, seguramente le harían un buen descuento; con la situación económica como está, hay que regatear bastante para poder comprar todo.

Como es natural en estas fechas, el centro es un desastre, carros estacionados en el medio de la vía, peatones tratando de caminar en cualquier dirección, los vendedores ambulantes con sus tarantines cada vez mas grandes a pesar de los inútiles esfuerzos del gobierno por eliminarlos, los policías acechando para ver que mercancía decomisan, y los buhoneros, quienes al grito de “agua, agua”, contraseña con la cual avisan la presencia de los agentes del orden público, toman los plásticos del suelo por las cuatro esquinas, y emprenden veloz huida, a sabiendas que esos decomisos nunca llegan a la comisaría y por lo tanto nunca le será devuelta la mercancía, pues como en las novelas de misterio, nunca hubo un piquete de policía en esa zona, ni el número de la patrulla está asignado a esta ciudad, ni existe funcionario alguno con el nombre de Pérez en ese cuerpo.

El viejo de nuestra historia, meditaba sobre ese aspecto de nuestra ciudad, cuando el inconfundible olor a cachapa con queso le hizo aminorar el paso. ¡Esta ciudad da para todo! Exclamó mientras se acercaba al improvisado restaurante ubicado en plena esquina de Socarras, a escasos metros de la Casa Natal del Libertador.

Y es que cuando digo “en plena esquina” es debido a que el restaurante está en la acera de la esquina.

El restaurante, por llamarle de alguna manera, era un tablón al cual se había hecho un hueco cuadrado donde se incrustó una plancha de hierro sobre una improvisada hornilla de gas. A mano derecha, una señora muele los granos de maíz, que su hijo corta con desgano a la mazorca, luego de haber sido desbarbada y pelada por otro integrante de la familia.

El budare corresponde al chef, seguramente cabeza de familia, con un rostro que no tiene nada que envidiar a las imágenes de un relieve Inca o a algún presidente indígena sureño, pero igualmente heredero de los secretos del llamado oro agrícola americano, el Zea maíz L. o simplemente maíz. Cuanta destreza mostraba el hombre para verter la fluida masa en el budare y que le quedara tan redonda como hecha con un compás.

A mano izquierda, el mayor de los hijos, con toda seguridad, se encargaba de tomar los pedidos y despachar las humeantes cachapas a los comensales quienes alrededor de la tabla, y sin nada que envidiar a aquellos que rodean las elegantes barras de sushi, esperan ansiosos su cachapita.

¿Como la quiere patrón? ¿Con queso de mano, doble, doble queso?, ¡Usted dirá!

Dame una doble con doble queso guayanés por favor, pidió el viejo, olvidándose por un rato de la diabetes, el colesterol y la hipertensión.

¿Y de beber? Tengo parchita, panela, naranja, nesti y peisi.

Parchita esta bien.

Mientras disfrutaba de su exquisito manjar, fue sacado de sus cavilaciones por gritos destemplados que sentía se acercaban a el.

¡Agarrenlo, agarrenlo! ¡El de la capucha negra!

Giró en su taburete de madera tanto como su pesado cuerpo le permitió, y vio la avalancha de personas que venían en dirección al restaurante, en la vanguardia, un zagaletón como de 17 años, zapatos de goma, pantalones anchos cuatro dedos bajo la rodilla, franela blanca, chaqueta con capuchón negro, bajo la cual una gorra de amplia visera ocultaba el rostro del perseguido.

A unos ocho o diez metros de distancia, los perseguidores, amenazantes, con el odio reflejado en los ojos y en los improperios que lanzaban, recordando y haciendo pública las partes de la anatomía de la madre del muchacho así como la profesión que supuestamente ejercía la señora.

Hago un paréntesis para preguntar si alguien en algún momento ha escuchado insultar a otro gritándole hijeadministrador, o hijeabogado, o hijemecanico, o si ha escuchado que a alguien le voceen: ¡Párate pie de tu madre! Para meditar en otra ocasión.

Prosigo. Los perseguidores, en numero que rondaba los diez, no daban alcance al perseguido, y como a media cuadra, jadeando, sudando y muy molesta, venía la agraviada, quien con respiración entrecortada solo alcanzaba a decir, mi cartera, mi cartera.

Entonces, fue cuando el viejo comprendió que lo sucedido había sido un arrebatón de cartera, típico en esta zona y peor aún en esta época.

Entre bocado y bocado de jugosa cachapa, se quedó pensando ¿y si los perseguidores son del mismo clan? al final nunca lo alcanzan y luego se reparten la cochina.

Pasó el pensamiento con un trago del jugo acido de parchita, pagó su consumo y limpió con un pedacito de papel de envolver, la mantequilla que quedaba en sus labios, mientras esperaba el cambio y leía una pancarta que a media cuadra rezaba:

“PLAN CARACAS SEGURA – NAVIDAD 2009”

Bueno, barriga llena, corazón contento se dijo el viejo mientras retomaba el camino hacia las tiendas de juguetes. En el camino, los vendedores, jóvenes contratados por el mes de diciembre para atender el volumen de ventas de la temporada, aturdían a los transeúntes con el consabido clamor “¡a la orden, a la orden!” que en lugar de hacer que los compradores se acercaran a las vitrinas, lograban que se alejaran ante la descortesía de tanta amabilidad.

Finalmente, el viejo llego a la tienda que buscaba. Más de cincuenta años tenía comprando los regalos de última hora en aquel lugar, todos se alegraron al ver al viejo entrar, pues él distribuía la compra entre todos los vendedores, así garantizaba que todos recibieran un aguinaldo de su parte, de todas formas, compraba tantos regalos que alcanzaba para todos.

El dueño de la tienda, un hombre jovial, a quien su carga genética había conformado con muy poca estatura, al verlo intentó abrazarle, pero apenas si pudo abarcar el frente del voluminoso cuerpo del viejo.

Vaya, comentó, pensé que ya no vendrías este año.

¡Pues vendré este y muchos mas! Todavía hay muchos niños que merecen un regalo en Navidad y es increíble la cantidad de razones por las que podrían no tener ninguno hoy.

Dicho esto, el viejo volteó su cara hacia las vitrinas para que nadie pudiera ver sus ojos inundados de lágrimas, lágrimas de pesar por esas razones que no quiso enumerar pero que todos conocían: paternidad irresponsable, la situación económica que cada día dejaba más cabezas de familia sin empleo, la inseguridad, que convertía a tantos niños en huérfanos a diario, la inflación que consumía la tercera parte de los ingresos de todos los hogares, patronos sin vergüenza que no cancelan a los empleados sus aguinaldos a tiempo, en fin, circunstancias ajenas a las decisiones de los padres y madres, y que podrían convertir la sonrisa de muchos niños en suspiros de inconformidad, lagrimas de tristeza y dar nacimiento a pensamientos de rabia hacia ese culpable invisible, pero siempre presente, el haber nacido en la clase trabajadora de un país desequilibrado como éste.

El viejo estaba muy claro en que un regalo no era la solución a esos problemas, pero los niños son niños, y no deben sufrir antes de tiempo por los errores de los adultos.

Sin perder más tiempo, el viejo comenzó a pedir juguetes a los vendedores, de acuerdo a una lista que saco del bolsillo trasero de su pantalón. La lista estaba ordenada por sexo y por edad, lo que hacía muy fácil la tarea a los vendedores, que iban y venían de la vitrina al deposito, con su libretita de pedidos y su bolígrafo en la mano.

El viejo recordaba como evolucionaron los juguetes en los últimos treinta años, antes, pensó, las niñas pedían una cocinita y una licuadora de baterías, con un jueguito de tazas para jugar a las amas de casa, haciendo tortitas de plastilina o de barro, o un bebe querido, que siempre eran rubios cachetones y con los ojos azules que se cerraban al acostar al muñeco. Luego llegaron las Barbies, con su paradigma subliminal de la mujer estilizada que aun persiste, y el Ken, primer “metrosexual” de la civilización. Ahora no, ahora piden un MP3, un IPOD, o celulares.

En el renglón masculino, era clásico el kit de béisbol, guante, bate y pelota, o un balón, un juego de mesa, monopolio o ludo, y si las cosas estaban muy bien, una bicicleta, generalmente la única que recibiría en su infancia. Hoy los juguetes son patinetas extrañas, o juguetes electrónicos de nombres en siglas, no importa si no saben lo que significan, entre ellos podemos mencionar el IPOD, PSII o PSIII, el WII, la PC, y los juegos de mesa son cosa del pasado.

Ahora los muchachos se han convertido en ermitaños, los padres los instan a salir con los otros muchachos de la cuadra y estos responden, no ya “chatie” con todos pero están aburridos y así se pierden de cometer las travesuras que solo se pueden hacer entre los diez y los diecisiete años.

Varias horas después, el viejo consideró que ya tenía todo cubierto y comenzó a despedirse de los vendedores, fueron muy pacientes y amables con sus requerimientos, y a cada uno le deseo bienestar, salud y prosperidad en esa navidad y en todos los días de su vida.

Cuando el viejo se dirigió a la oficina del dueño con la intención de pagar, se acordó que sus tarjetas de crédito eran de dos de los bancos intervenidos en los primeros días de diciembre.

Con una risita nerviosa por la pena, le planteo la situación al dueño de la tienda, quien soltando una carcajada le dijo: Con todo respeto viejo, yo creía que tú no tenías un pelo de tonto. Y continuó, No te preocupes que son miles las personas que cayeron con estos bancos de papel. Parece mentira, ¡el estado auspiciando la estafa al pueblo! ¡Y después haciéndose los pendejos! Tranquilo, después me lo pagas.

Cuando el viejo llegó a su casa, ya estaban titilando las primeras estrellas en el cielo.

La esposa del viejo lo recibió como toda esposa preocupada: “Pero bueno viejo, ¿No tienes un celular para que me avises que estas bien? ¡Tengo tres horas pegada de esa ventana esperando que llegues!”

Discúlpame, es que se me hizo tarde y olvide llamarte.

Bueno, la comida esta lista, vamos a comer para que te arregles y vayas a repartir esos regalos temprano.

Después de la cena, el viejo se fue a su cuarto, se dio un baño bien relajante, y se preparó a cumplir su misión. Hizo dos llamadas telefónicas y le dijo a la esposa:”ya los muchachos vienen, me avisas cuando lleguen por favor”.

Al rato, tocaron la puerta y la esposa cariñosamente dio la bienvenida al muchacho que llegó, pidiéndole se pusiera cómodo mientras ella llamaba al viejo.

Tras algunos minutos, salió el viejo del cuarto, listo para repartir los juguetes, saludó al recién llegado con un regaño cariñoso: Rodolfo, llegaste tarde. Tienes la nariz muy roja, ¿tú como que estabas bebiendo?, ¡ven para darte un abrazo!

A continuación, el viejo y su asistente, se dirigieron al camión que habían alquilado para recorrer la ciudad entregando los regalos a los niños necesitados de aquella urbe indolente, deshumanizada e insegura, Rodolfo con su abrigo de piel de reno y el viejo con un extraño traje rojo y blanco que le hacia parecer un personaje de cuentos nórdicos.

Antes de cerrar la puerta del camión, se escucho la voz de la esposa diciendo:

¿Te tomaste las pastillas Nicolás?, pero el ruido del encendido, impidió que el viejo la escuchara.

Y así, ese año muchos niños tuvieron su regalo, un regalo sorpresa.

Si este cuento te gustó, reconócelo comprando un regalo, no importa el precio, y entrégalo a alguien que lo necesite. Las iglesias, algunos centros comunales, grupos de damas, etc. hacen colectas para niños que tienen menos oportunidades. Seguramente conoces a alguien, que conoce a alguien, que dice conocer a alguien que es muy pobre. Hazle llegar ese regalito y veras como la satisfacción de dar te hace sentir muy bien.

Si crees que puede ayudar en algo, puedes hacer llegar el cuento a tus amistades para crear una cadena de solidaridad. Si no lo haces, no te pasará absolutamente nada. Solo te pido que lo trasmitas mencionando mi autoría, y envíame un mensaje indicando a cuantas personas lo hiciste llegar. Gracias de antemano.

¡Feliz Navidad!

GUSTAVO GONZALEZ PIRELA (GUGONPI)

Email: gugonpi@hotmail.com

2 comentarios:

  1. Gracias por el cuento navideño, muy oportuno como bendicion de madre. Saludos y exitos.

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  2. Gustavo, me sorprendiste muy gratamente. En primer lugar porque no sabía que escribías y, en segundo, porque no sabía que tuvieras esa sensibilidad tan humana. Hoy en día, la vida nos obliga, prácticamente, a ser indolentes y egoístas. Puedes tener la seguridad de que voy a seguir el ejemplo de tu cuento. Le voy a decir a mis hijos que me acompañen a comprar dos regalitos (para hembra y varón)y regalarlos a alguien de un barrio cerca o de un hospital de niños y voy a enviarle tu carta a mis contactos. Ésta es una cadena que vale la pena divulgar....Qué Dios te bendiga y retribuya lo que estás haciendo. Besos, Soraya

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