Aún el cielo mostraba jirones de color naranja rojizo hacia el oeste, señal inequívoca de la agonía del atardecer, que por encima del interminable ciempiés de vehículos, con sus ordenados pares de ojos rojos, veía reflejado en el retrovisor del carro. Seguramente era más de las seis y menos de las siete de la noche.
La congestión del transito como es habitual a esa hora convierte al canal rápido de la autopista en zona de meditación para conductores agotados por la labor del día, y entonces comienza el trance, el desdoblamiento del pensamiento, y algunos conductores logran alcanzar el nivel de las ondas mas elevadas de la actividad cerebral, entre metro y metro de avance de la cola.
“Tiene que haber otra vía por la que me pueda escapar de esta cola. Mañana me vengo por
“De no ser por estos programas, esta cola sería insoportable. Vamos a ver quien es el invitado de hoy, ojala no sea uno de estos politiqueros que repiten lo mismo durante todo el programa, porque lo quito de una vez” pensaba mientras el ruido de las cornetas de los otros vehículos le recordaba que debía hacer avanzar su prisión temporal.
Por el espejo de la puerta derecha observó como se aproximaba un motorizado a una velocidad espectacular, si tomamos en consideración que en las colas la distancia entre un carro y el que se encuentra a su lado no es mayor a
“Esos carajos están locos o drogados, por eso es que todos los días hay no menos de dos accidentes fatales en la autopista, en donde estén involucrados los motorizados. ¡Ah, es un mototaxi! Y más loco está el pasajero que paga por el viaje con ese riesgo. Basta un rocecito a un carro con la rodilla para que sea una tragedia, y ni hablar si el toque es con el hombro a la platabanda de un
Ya se escuchaba la cortina musical del programa radial que esperaba Catalino, y la voz inconfundible del locutor lo saco de su abstracción. “Señoras y señores, muy buenas noches, esperamos que nuestra compañía en la radio le haga mas sencillo sobrevivir en las colas de nuestra querida ciudad. Hoy tendremos un invitado que con sus acertados comentarios sobre la vida nacional ha dado pie a las discusiones más fuertes de los últimos tiempos, pero antes vamos a entregarles los saludos y consejos de nuestros patrocinadores…”
“Que broma, no ha empezado el programa y ya nos van a clavar las propagandas. ¿Quién será el invitado? Debe ser el que dijo en estos días que la oposición estaba narcoléptica y que tenía pruebas de corrupción innegables en el ministerio…. ¿Cual era? …bueno no me acuerdo… Vamos a ver.”
En ese momento, un buhonero, le tocaba el vidrio ofreciéndole un CD del Conde, forros y cargadores para el celular y galletas colombianas. Catalino se decidió por las galletas y compro las tres galletas por el precio de dos, claro, nunca le dijeron cuanto valía una sola.
“La verdad es que esto solo se ve aquí en Caracas, vendedores ambulantes en plena autopista. El rebusque, porque la situación de verdad que esta muy difícil.” Filosofó Catalino, mientras dejaba las huellas de sus dientes en la crema de la primera galleta.
El programa radial en efecto era un alivio para los conductores y pasajeros que tenían que padecer más de una hora de cola para llegar a sus hogares. El invitado era en efecto una persona de opiniones muy crudas y Catalino se reía pensando que el invitado era un loco para estar metiéndose en esos problemas sin necesidad.
Culminando esta reflexión, Catalino notó que las galletas le habían causado mucha sed, y como el vendedor aun estaba muy cerca de la ventana de su automóvil de inmediato le dijo: “Epa mijo, ¿tienes agua?, ¡esas galletas estaban muy dulces!” A lo cual el vendedor respondió negativamente: “No patrón, solo tengo cerveza y malta. Están bien frías ¿se anima?” “Bueno, dame una catira, porque la verdad es que estoy atorado con las galletas”.
La lata de cerveza estaba de verdad bien fría, y el típico sonido al desprender el anillo destapador, ya refrescaba al agotado conductor. Psssss, y el primer sorbo, largo, mojando las intimidades de la boca, en la posición automática que se asume, con la cabeza hacia atrás, en un ángulo que ofrece la menor resistencia al flujo de la espumosa bebida, hicieron que la sensación de frescura se apoderara de Catalino.
El sonido impertinente de la corneta del vehiculo que le seguía en la cola le despertó de su momento de felicidad.”¿Y a este pendejo que le pasa? ¡Debe ser que va a volar, porque el carro de adelante no se ha movido!” pensó arrugando la frente, mientras le dedicaba su mirada de ferocidad mas honda por el retrovisor.
“¿Has visto?”, le comentó al vendedor, “dame otra porque esta vino por la mitad”, y compartiendo una sonrisa de picardía con el vendedor, recibió la latita bien fría mientras aquel se alejaba en dirección a los vehículos que venían en la cola.
Catalino ajustó el volumen de su radio cuando comenzaba la melodía de una canción que le agradaba mucho, y se dejo llevar por los pensamientos críticos a su labor del día. “He debido terminar hoy el informe de la zona 5 para así poder mañana comenzar las estadísticas del mes. Bueno, tratare de terminarlo temprano. Ya estoy atrasado con eso…”
El locutor en ese momento, daba la información de la situación del transito en la autopista: “¡La autopista en sentido oeste-este se ha convertido en la madre de todas las trancas! Señores conductores si aun no se han incorporado a la autopista, busquen vías alternas o mejor aun, quédese donde esté por lo menos dos horas, nos informan de dos accidentes, uno menor antes de
“¿Relájese? ¿Disfrute? ¡Ahora si se volvió loco! Lo que soy yo, en la próxima me salgo de esta cola, o me paro en el hombrillo y me hago el accidentado, mientras me tomo mis cervecitas, que bien buenas están.”
Y dicho ésto, comenzó a cambiarse de canal, para lograr una de las dos opciones que se le ocurrieron.
Cerca de quince minutos después, Catalino logro llegar al hombrillo y apagar su auto en las cercanías de
No transcurrieron tres minutos antes que los vendedores ambulantes se le acercaran al auto de Catalino, quien con su simpatía natural los recibió diciendo: “No se preocupen por empujar el carro, ocúpense en traerme cervecitas bien frías, que esta cola se la cale otro”.
A los pocos minutos, dos ocupantes de otro carro también se detuvieron con la misma excusa de Catalino, refrescarse mientras se resolvía el problema de transito.
Y así entre chistes y en calcular de quien era la culpa en el accidente, Catalino trasegó varias latas de cerveza sin importarle que la noche estuviera abrazando la autopista.
Como siempre sucede en estas actividades, Catalino sintió la urgencia de eliminar el líquido ya filtrado por sus riñones y decidió hacerlo del lado del acompañante, en dirección al caño que corría unos metros por debajo de la autopista, en el barranquito de la orilla.
Encontrábase el hombre a la mitad de su micción, cuando sintió a su lado una voz áspera que le decía: “Bueno varón, esto es un atraco, ahora con la mano que te queda libre, me vas a pasar la cartera, el reloj, el teléfono y todo lo que tengas en los bolsillos”.
Catalino no podía dar crédito a sus ojos. Uno de los vendedores que tan bien le había tratado durante su tiempo de cervezada, le apuntaba con una pistola, mientras él, no decidía entre seguir orinando, o guardarse el pajarito a medio desahogo, total que se orino los pantalones, mientras el atracador se reía como si eso fuera un chiste y entre carcajadas le decía: “Lo malo no es que te esté atracando gordo estúpido, si no como le vas a explicar a tu mujer lo que te pasó ¡jajajaja!, y no pidas ayuda, que a los otros dos bobos también los están bajando ahorita”, decía el malandro, mientras iba colocando las pertenencias de Catalino en el tobo que pendía de su brazo armado. “No te vamos a tumbar el carro porque la cola está demasiado criminal, pero sí me llevo las llaves, tu sabes, pa’que colabores con los panas cerrajeros también” ¡jajajaja!.
Acto seguido, de la nada, como en un performance de Chriss Angel, aparecieron dos motorizados con sus típicas chaquetas de caperuza y recogiendo a los atracadores en el sitio de su fechoría, continuaron raudos en su zigzagueo, desviándose en la siguiente salida de la autopista, sin que nadie pudiera hacer nada.
Unos cinco minutos después, se acercó una grúa de
Catalino se sentó en el asiento de conductor de su vehiculo, saco un cigarrillo que tenía escondido en el cenicero, lo encendió, le dio una larga chupada mirando la noche sobre la ciudad, y golpeando el volante respondió: “¡Nada!, ¡Ésta ciudad se la llevo el carajo, y yo amanecí mas pendejo que nunca!”.
Me encantó, Gustavo; pero y pregunto yo: A quién se le ocurre ponerse a beber a orillas de la autopista, tomando en consideración que en esta Caracas moderna los ladrones están a la vuelta de la esquina???...Espero que Catalino sea un personaje ficticio que sirva como ejemplo aleccionador para que no se nos ocurra una idea semejante. Felicitaciones, una vez más te la comiste!!!!
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